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¿Qué es la gestión de públicos?

Pongámonos de acuerdo en una primera cuestión: el público es la variable esencial en la acción cultural, sea esta una política pública, una producción privada, una combinación de ambas; o cuando socialmente nos referimos a la ‘cultura’ de un grupo o colectivo como su manera particular de interactuar con otros, su identidad. Simplemente porque dan sentido. Entonces, ‘el público’, esos agentes elementales para que lo cultural esté vivo, es un objeto de ocupación -y ojalá no de preocupación- de los gestores y productores de las diversas actividades creativas (no solo las artísticas).

Así llegamos a la conclusión de que los públicos (puesto que no hay una sola categoría) deben ser el eje de la gestión cultural. Antes de continuar reflexionando sobre estos agentes tan importantes, pongámonos de acuerdo también en ¿qué es gestión cultural? 

Coincidimos con el especialista catalán Ángel Mestres que, si bien al ser una profesión relativamente nueva y con desarrollo dispar en el mundo no hay un acuerdo unánime al respecto, es claro que gestor cultural es una persona con ciertas capacidades técnicas para desarrollar un proyecto artístico/cultural en un entorno competitivo donde se requieren resultados determinados y, al mismo tiempo, la readaptación constante del proyecto. Los gestores culturales son los que diseñan una adecuada administración de los recursos disponibles para que una buena idea o un proceso creativo se conviertan en una ídem acción cultural. 

Si partimos de esta definición, vemos que la gestión cultural no está muy alejada de cualquier otro sector ‘productivo’, aunque el resultado sea un intangible, una experiencia. Y esto es válido para cualquier nivel de proyecto cultural, para cualquier nivel de agente u organización cultural (desde una empresa de las industrias culturales a una asociación sin fines de lucro que quiera organizar cualquier evento por pequeño y modesto que este sea; o hasta una política de Estado). 

De este modo, el papel fundamental del gestor cultural es el de diseñar, activar y mediar el desarrollo del proyecto entre el fenómeno cultural y creativo, y el destinatario final, aplicando ciertas lógicas de sostenibilidad a fin de poder administrar de manera eficiente los recursos, generando canales de participación de los involucrados -o por involucrar- en la dinámica cultural del territorio (o comunidad).

Otra vez apareció nuestra variable de definición: los públicos. 

¿Se trata de las personas a las que se va a referir el proyecto, a las que alcanza el proyecto? En ese caso, estaríamos velando otra parte importante cuanto son los propios creadores/productores… Al mismo tiempo, nos bastaría con delinear fugazmente un perfil de ‘beneficiario’, algo así como un ‘receptor’ del proyecto; y seguiríamos estando en falta. Los públicos son todos los sujetos -individualizados o en conjunto- quienes se reúnen bajo un mismo techo semántico, es decir, que comparten la disposición hacia una misma experiencia cultural. Hay por tanto, públicos implícitos, implicados, fidelizados (participantes), comunidades, y directamente creadores. Se diferencian de las audiencias, según leemos a otro especialista, el chileno Javier Ibacache, en cuanto a que éstas no son presenciales, son en un sentido amplio, todos los consumidores de cultura; mientras que los públicos son con quienes se tiene contacto -o se estima tenerlo-.

Al propósito del país vecino, bueno es llamar la atención sobre cómo en Chile existe un interés estatal por conocer y comprender la participación cultural ciudadana (ver la encuesta y el informe pormenorizado de 2017, realizado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio) mientras que en Argentina, el Sistema de Información Cultural realiza esporádicamente un informe basado en datos de distintos organismos, sobre el consumo cultural, poniendo el énfasis en conocer el Valor Agregado Bruto (VAB).

La diferencia es llamativa porque se da la paradoja por la que los subsidios a la cultura y las políticas culturales en Argentina no tienen como requisito la formación de públicos ni la sostenibilidad económica de los proyectos -que pudieran tal vez obligar a los gestores a plantearse el tema-.

Sin embargo, muchas gestiones culturales en Argentina tienen ya la mirada puesta en las personas y no únicamente en el objeto estético/artístico. ¿Por qué? No solo por una ecuación económica que debe darse -sobre todo si se administran fondos públicos-, sino por la proyección en el tiempo, la consistencia del valor cultural, la profundización en los lenguajes y en los métodos, y la sobrestimación de los espectadores/usuarios/consumidores -que son flexibles, que son críticos y gustan de participar, que están en constante movimiento-. Y quizá porque hay que estar a la altura de la época, apostar por la transversalidad y salir de la endogamia.

 

ALE COSIN (con la ayuda de varias, muchas lecturas)

Citamos a:

Ángel Mestres: http://www.transit.es/ 

Javier Ibacache: http://corpuscritic.blogspot.com.ar/ 


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