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Un poco de historia: cómo llegamos a NOS.

Buenos Aires, como varias ciudades importantes del país, se destaca por la enorme oferta cultural que la posiciona entre las primeras capitales más atractivas del mundo, un emblema del tópico contemporáneo de la 'diversidad'. Mucha de esta actividad -principalmente la privada- no está siquiera registrada como tal: ferias artesanales en bares, bares que abren sus puertas algunas noches para músicos o recitadores, librerías que organizan sesiones de lectura para niños, exhibiciones de cine en plazas o en espacios no convencionales, estudios de danza o de teatro que sirven de escenarios esporádicamente, y tantos ejemplos más.

A modo de muestra: la página de difusión cultural argentina, Vuenosairez, donde al clickear en la pestaña RECITALES -solo por tomar un rubro-, nos advierte que ha encontrado 14178 recitales en Argentina, de los cuales al menos 2930 son en la Capital Federal.

Los informes estadísticos en la ciudad atrasan si se compara con la fenomenal inventiva y el crecimiento de proyectos culturales alternativos. Y por supuesto, están muy detrás de conocer los públicos que circulan por ellos o por otros circuitos. Pareciera que el público participante, los espectadores y/o los consumidores de cultura no pudieran ser identificados: sin embargo, debieran ser el eje de todo proyecto cultural y artístico. Sin público no es factible sostener y desarrollar unidades económicas -sean del tipo que sean- relacionadas en primer o segundo plano con la producción y oferta de cultura.

Las magras estadísticas sobre consumo de cultura -especialmente en cuanto a las artes vivas o performáticas-, sugieren que un porcentaje sumamente bajo de personas son habitués del teatro de autor, de concurrir a recitales o eventos artísticos no públicos (y gratuitos), tampoco de comprar libros de autor ni discos de edición indie, etc. O sea: la mayor parte de la población elige de manera tradicional o lo que intuye más seguro. Las causas son diversas pero reconocibles:el monitor y sus múltiples variantes, la competencia con todo lo que ofrece internet (a un costo bajo), la congestión de la oferta cultural en pocos sectores geográficos, la aún desequilibrada composición del capital cultural de la población urbana, carencias flagrantes en la difusión y comunicación de la cultura en general y la alternativa en particular, la concentración de las ofertas masivas en manos públicas; entre otras (Atlas Cultural de la Argentina realizado por el Sistema de Información Cultural de la Argentina SINCA).

Sólo se conoce algún sucinto relevamiento sobre los números de quienes producen. Por ejemplo, en Buenos Aires, el Observatorio de Empleo y Dinámica Empresarial (OEyDE) del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social de la Nación, hablaba en 2012 de un empleo en torno a las Industrias Creativas de 146.077 personas, valor que las hacía responsable del 9,14% del empleo registrado del sector privado en la CABA. Este número no está suficientemente desglosado: ¿quiénes son los beneficiarios?

Sabemos que el Teatro Colón tuvo en 2013, 319 funciones y 393.843 asistentes (un promedio de 1230 espectadores por función, siendo la capacidad de sala de 2478 localidades), mientras el teatro comercial tuvo en el mismo año un promedio de 360 espectadores por función (evaluando las 24 salas asociadas a la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales AADET en la CABA). Para las salas no oficiales -llamadas del circuito off y dependientes en mayor medida de los subsidios otorgados por los programas de fomento estatales-, no existen estadísticas, pero se sabe -a través de agrupaciones informales o páginas web- que entre 200 y 400 espacios culturales de exhibición en vivo no asisten más de 100 personas por función.

Un tema aparte es la inmensa asimetría en la distribución de estos espacios. Al mismo tiempo, reconocer los públicos y consumidores es esencial a la hora de medir los costos de producción y realización, por ende: la factibilidad de sostener y desarrollar. Sin ir más lejos, solamente habilitar espacios físicos y equipamientos es un verdadero dolor de cabeza. En la ciudad capital durante 2014 se clausuraron más de 65 lugares, además de todos los que por trabas legales o por falta de recursos cerraron voluntariamente. El motivo fundamental de los cierres es la precariedad en la seguridad y comodidades mínimas para los concurrentes y trabajadores. Un motivo que tiene doble lectura: carencia de recursos para ocuparlos en estos destinos, y cierto menosprecio por estos temas comparados a lo exclusivamente creativo. 

La nueva ley de centro culturales define “centro cultural” como "el espacio no convencional y/o experimental y/o multifuncional en el que se realicen manifestaciones artísticas de cualquier tipología, que signifiquen espectáculos, funciones, festivales, bailes, exposiciones, instalaciones y/o muestras con participación directa o tácita de los intérpretes y/o asistentes", pero advierte que "la actividad de baile no podrá ser la actividad principal de los Centros Culturales". Traducido: no pueden convertirse en boliches bailables, unidades económicas con lógicas de mercado absolutamente diferentes. Asimismo, entiende que "en dichos establecimientos pueden realizarse ensayos, seminarios, charlas, talleres, clases y/o cualquier actividad de carácter formativo relacionada con todas las manifestaciones tangibles e intangibles del arte y la cultura" y suma que "dichas actividades pueden ser realizadas en cualquier parte del establecimiento". Un gran avance que significará una gran inversión. Las salas teatrales agrupadas en ESCENA, ya lo habían padecido post tragedia de Cromañón (2004) hasta la mejora en las condiciones de habilitación que significó la Ley 2147 para los Espacios Teatrales Independientes

Por otra parte, el desconocimiento del público hizo que durante dos años las empresas teatrales que emigran con sus temporadas a los centros vacacionales, hayan pasado por resonantes fracasos. Recién en el verano de 2015 hubo una vuelta a parámetros deseados, pero aún no fueron expuestas las razones por las cuales se restableció el equilibrio: ¿bajar los precios de los tickets?, ¿ofrecer promociones?, ¿modificar la programación?, ¿acortar las temporadas? No ha habido una conclusión ecuánime, al menos que se hiciera pública. Para los proyectos de carácter alternativo o de autor, es un interesante espejo donde mirarse.

Otro tema a tener en cuenta se refiere a la comunicación. Las campañas de difusión y prensa -indebidamente concebidas como similares- suelen recaer en los agentes de prensa, comunicadores sociales especializados en interceder entre los medios y los creadores o agentes culturales. Lo preocupante es menos el gasto que esto significa para los contratantes, que el desconocimiento que varios de los agentes tienen de sus clientes, de los públicos a los que apuntan y de los tiempos de pre y post producción. El trabajo es quizá más sencillo para los equipamientos de orden comercial o empresarial, pero para los medianos o pequeños emprendimientos una gacetilla mal confeccionada puede significar el retroceso de varios casilleros. Si consideramos que un subsidio promedio otorgado, por ejemplo, a través de la convocatoria anual lanzada por el instituto de fomento para la danza independiente -PRODANZA-, es de $21.000, y que de ese monto debe abastecerse toda la creación de obra, se vuelve osado destinar algún porcentaje a una campaña de prensa.

Finalmente, al hablar de público deberíamos comprender tanto al espectador, visitante, participante, consumidor, audiencia; como a los prosumidores y a beneficiarios indirectos o asociados. En las industrias culturales tradicionales es obvio referirse a agentes asociados a la creación: actividades y servicios conexos. Por ejemplo, en la música los técnicos y asistentes, los diseñadores de tapas, u otros oficios que están íntimamente intrincados en la trama de producción y generación de valor. Mas, para las artes vivas o performáticas, estos datos suelen permanecer subestimados. Los vestuaristas y maquilladores, realizadores de escenotecnia y asistentes, los fotógrafos, incluso los críticos free lance y páginas web especializadas; y una serie de pequeños negocios como bares, imprentas, ¡hasta florerías! que rodean los emplazamientos culturales: esas unidades económicas -no todas formales, claramente- que de alguna manera dependen pero a la vez vigorizan la actividad cultural, suelen no detener la atención de los propios gestores culturales ni de las encuestas. 

Estos son, apenas, un puñado de cuestiones fundamentales que suelen provocar la frustración o el estancamiento de proyectos culturales.

Una gestión de públicos implica diversas áreas que se complementan y vinculan. No se trata de vender entradas, esta es una de esas áreas y no puede ser el único objetivo: considerar al público -a cada uno- un espectador, un socio, un usuario, un participante, un invitado elemental, es el eje donde confluyen todas las estrategias de análisis, de difusión, de comunicación, de venta y de formación.

Existen, por suerte, cada vez más emprendedores culturales que comprenden la importancia e involucran a los públicos en sus proyectos de gestión o artísticos, de diversas maneras: desde el marketing, desde prácticas participativas, desde cambios orgánicos...

Conocemos numerosos ejemplos en muchísimas ciudades del mundo que llevan a cabo planes de gestión de público o desarrollo de audiencias de carácter estatal y privado, y es tendencia creciente el análisis del impacto económico y social de estas actividades (culturales, artísticas, relacionales). Sin embargo en Argentina aún se da aislada y caóticamente. Sería digno de estudiar las razones por las que no se profundiza en estas prácticas en función de mejorar y favorecer la actividad cultural en términos de producción socioeconómica.

 

Ale Cosin/2015


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